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10 de Febrero de 2001

El fin de las ideologías

Algo ya se habló, al principio de esta década, del llamado fin de las ideologías. La razón, evidente, fue la caída del comunismo en Europa del Este, y la sensación generalizada de que la democracia liberal iba a imponerse antes o después como modelo único de convivencia. Pero entonces, no se podría hablar de fin de las ideologías, sino de la dictadura de una sola, del "pensamiento único".

Ese fue el clavo ardiendo al que se sujetaron los socialistas de Europa para lograr su supervivencia. Pensaron que la caída del muro les afectaba directamente, cuando en realidad sólo los comunistas deberían haberse visto afectados, por lo que entablaron una batalla sin cuartel contra el gran enemigo: el liberalismo. Cada noticia era aprovechada para culpar a ese gran asesino que es el mercado.

Pero estudiemos un ejemplo, quizá tonto, pero paradigmático de estas tácticas. Cuando hace dos años hubo un grave accidente ferroviario en Paddington (Inglaterra) nuestras inteligencias tuvieron que padecer la unánime crítica a la privatización de los trenes en Gran Bretaña. Esa privatización, según nos dijeron, era la causante de que se hubieran degradado las instalaciones y la seguridad (¡en dos años!) hasta el punto de que se pudieran dar las condiciones necesarias para el accidente. Luego se demostró que había sido un fallo humano, un conductor que se saltó dos semáforos en rojo. ¿Alguien se retractó? No, pues la obligación de las compañías privadas era tener un sistema automático que obviase el fallo humano. En eso no dejan de tener razón. Sin embargo, olvidaron conscientemente comentar que esos sistemas automáticos tampoco estaban disponibles cuando el ferrocarril no estaba privatizado, y que la gestión pública tampoco evitó otro grave accidente, unos años antes, en Clapham Junction, cuando todo estaba en manos del estado británico.

Sin embargo, hay que reconocer que esa propaganda ha tenido éxito. En todo el mundo occidental no se deja de hablar del liberalismo como "pensamiento único" y en apoyar el socialismo, no por sus virtudes, sino por ser la "única esperanza" frente a "la dictadura del mercado". Tanta unanimidad en la intelectualidad y los medios podría hacer pensar que en realidad es esa crítica constante al liberalismo el pensamiento único real. Pero, a todo esto, los pensadores liberales, que fueron los que realmente hablaron del fin de las ideologías, ¿qué decían?

Poco, la verdad. Su fin de las ideologías había sido demolido por la propaganda y la actuación de los medios de comunicación de masas. De nuevo, la ideología socialista se había hecho cargo de las riendas de la cultura y el pensamiento oficial. Y el liberalismo se había tenido que conformar con las "migajas" del poder político, al menos en su apartado económico, pues en otros aspectos como el cultural poco ha avanzado.

Cuando Fukujama aludía a que ya no tendrían cabida las ideologías en el siglo XXI se refugiaba en un pensamiento común entre los liberales: el liberalismo no es una ideología. Y aunque no esté de acuerdo con eso, no puedo dejar de admitir que sus razonamientos son interesantes, y pueden aclarar a muchos de los que hablan del liberalismo sin saber en el fondo qué es.

La primera razón es que el liberalismo no pretende estudiar y cambiar al mundo a partir de una idea, sino, al contrario, adaptar las ideas al funcionamiento del mundo. Cuando Adam Smith escribió "La riqueza de las naciones", simplemente constató el hecho de que unos países eran más ricos que otros, y se aplicó en estudiar las razones de que ocurriera así. Todo liberal de verdad hace lo mismo. No debe haber ningún "dogma de fe" para un liberal, si excluye, quizá, el elevar la libertad individual como valor "sagrado". El mercado no es, por tanto, imprescindible para un liberal. Su importancia radica en el hecho de que todavía no se ha encontrado un sistema económico que funcione mejor.

En segundo lugar, el liberalismo no pretende crear ningún mundo perfecto, tan sólo procura que las condiciones de vida sean las mejores posibles. La democracia con separación de poderes no es un modelo ideal de estado, pero es el mejor que se ha puesto en práctica hasta ahora: apoyemoslo. El sistema de pensiones que mejor funciona en el mundo es el chileno: apoyemoslo. El mercado verdaderamente libre es la mejor baza de los países pobres para lograr su desarrollo: apoyemoslo. Sé que algunos no estarán de acuerdo en esto último, pero más adelante explicaré el por qué de esta conclusión.

Estas dos razones son las que explican que el liberalismo no es una ideología. Sin embargo no me parece que anulen el hecho de que, según las definiciones del diccionario, el liberalismo sí es una ideología que, sin embargo, se ve libre de algunos de los peores tics de los ideólogos. El ejemplo anterior de los ferrocarriles británicos es una prueba de los males de la ideología que el liberalismo procura evitar. Es un análisis de la realidad a la luz de una doctrina, en lugar de un análisis de la doctrina a la luz de la realidad. En lugar de pensar que quizá se debería cambiar la legislación y mejorar la vigilancia de las empresas privadas para asegurarse de que accidentes evitables que ocurrían antes y después de la privatización no vuelvan a suceder, los ideólogos de izquierda de toda Europa echaban las culpas al liberalismo "salvaje", olvidando que, siguiendo esa misma lógica, la culpa de muchos otros accidentes debería ser del "estatalismo salvaje".

Otro caso claro son las ridículas manifestaciones que se dan en las reuniones de la OMC desde Seattle. Los acomodados manifestantes, provenientes todos de los países más ricos del mundo, se quejan violentamente con periodicidad asombrosa en contra el ultraneorequetecontraliberalismo y la globalización, todo en defensa (dicen) de los países pobres. Dentro de la cumbre, esos países a los que los burgueses rojos aseguran defender, pedían ante los países ricos una caída de barreras del comercio internacional, un menor proteccionismo de los países ricos.

¿Cómo es posible? La razón es evidente. En una economía de mercado libre y global, un país pobre puede aportar unos precios realmente competitivos de sus productos agrarios y de su mano de obra. Utilizando este arma económica pueden comenzar a crecer, de modo que cuando empiecen a acercarse a la renta de los países grandes ya dispongan de una economía floreciente y una mano de obra más cara, pero cualificada, con la que competir con los mismos.

De este hecho tenemos muchos ejemplos, pero pongamos el más cercano. En un mercado libre y único entre varios países de un mismo continente, el nuestro, los países con menos renta que han aplicado reformas liberalizadoras en su economía han crecido a un ritmo mucho mayor que los países más ricos de ese mercado. Irlanda, Portugal y España, pero sobre todo Irlanda, se han acercado mucho durante esta década al nivel de países más prósperos. Todavía nos queda, pero el liberalismo no promete logros inmediatos, porque éstos no existen.

Así pues, cuando la gente se manifiesta en Seattle o Praga. ¿Por qué lo hacen? ¿Por los países pobres o porque temen que la globalización elimine el aprovechamiento de nuestros campos y provoque una migración de nuestras industrias a esos países que dicen defender? La buena fe de los que conozco en esa situación me obliga a pensar que, sencillamente, la ideología les ciega.

Quizá por eso sería buena la muerte de las ideologías. Deberíamos ver las cosas, no interpretarlas torcilleramente, aún sin darnos cuenta. Porque, sin duda, los liberales también lo hacemos, aunque al menos procuramos evitarlo siempre que podemos.

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